Hay historias que no se miden en años, sino en huellas. Y Tobuna dejó huellas profundas en la tierra Correntina y en el corazón de todos los que creemos que la naturaleza puede renacer.
Tobuna no fue solo una yaguareté.
Con su presencia, nos recordó que conservar no es una palabra vacía: es compromiso, es decisión, es amor por lo que somos. Fue el latido que regresó a los Esteros del Iberá después de más de 70 años de ausencia.
Durante décadas, el yaguareté había estado ausenté en Corrientes. Un recuerdo, una foto antigua, un rugido apagado por la caza y la pérdida de hábitat. Parecía imposible imaginar que ese gran felino volvería a caminar libre por los esteros.
Pero con la llegada de Tobuna marcó un antes y un después. No fue simplemente parte de un proyecto de reintroducción. Fue el rostro visible de un sueño colectivo: que el yaguareté volviera a ser dueño de su territorio en Iberá. Su llegada fue un acto de reparación. Un símbolo de que el ser humano también puede elegir sanar lo que alguna vez dañó.
Con el trabajo incansable de quienes soñaron su regreso, Tobuna pisó Iberá y comenzó a escribir una nueva historia. Una historia de adaptación, de instinto, de fuerza de resiliencia.
La partida de Tobuna duele. Duele porque simbolizaba la victoria frente a la extinción. Pero su partida no fue el final. Porque Tobuna dejó algo más grande que su propia vida: dejó un camino abierto. Dejó descendencia. Dejó conciencia. Dejó un Iberá que volvió a rugir.
Hoy no está físicamente. Pero late en cada rugido que vuelve a escucharse en los esteros. Vive en cada niño que aprende que proteger la naturaleza por que eso es también proteger nuestra identidad.
Y mientras haya un yaguareté recorriendo el Iberá, ella seguirá estando presente.
Video / @matiasrebak / @rewilding_argentina
Fuente: @luismartinez_ambientalista

















